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La Segunda República y el desarrollo del cine español

La etapa republicana comprendida entre 1931 y 1936 trajo consigo avances en diversos aspectos de la vida pública y privada. También en aspectos culturales, como el cine. Desde dclm.es, analizamos esta materia.

Proclamación de la Segunda República española.

Proclamación de la Segunda República española.

02.05.2023

Reportajes en Castilla-La Mancha

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Mucho se ha escrito sobre la Segunda República española. Y desde las más diversas perspectivas. Pero, en lo que no hay duda, es que nos encontramos ante una época de incremento de derechos y libertades, tanto en el contexto político como en el social. Sólo hay que echar una ojeada a la Constitución de 1931 para darse cuenta de ello. Pero si en lo institucional y económico hubo un paso adelante, ¿también ocurrió lo mismo en el cine?

En este ámbito existió una gran revolución. Se produjo una «Edad de oro». Y eso que dicha expresión cultural había nacido apenas 35 años antes. La primera proyección pública en España tuvo lugar el 11 de mayo de 1896, a cargo del húngaro Erwin Rousby, mientras que la primera película enteramente nacional fue Llegada de un tren de Teruel a Segorbe, presentada en Valencia en octubre de 1896.

Y es precisamente en esta época –a finales del XIX y primer tercio del XX– cuando se inició el surgimiento de las salas de espectáculos cinematográficos. “Fue una época en la que algunos intelectuales españoles comenzaron a interesarse por esta realidad cultural”, explica el historiador José María Caparrós en Historia del Cine Español. “Sin embargo, respondían más bien a concepciones conservadoras y estaban ausentes de un mínimo contenido crítico o testimonial sobre la inestable sociedad del momento”.

Progresivamente, el modelo cinematográfico fue cambiando. Al final de la dictadura de Primo de Rivera aparecieron las primeras señales de ello. “En 1928 surgieron nuevas inquietudes socioculturales: nació el primer cine–club español en Madrid, donde se proyectaron filmes vanguardistas franceses y soviéticos de manos de Luis Buñuel y Ernesto Giménez Caballero, mientras que en Barcelona el crítico Josep Palau organizó las sesiones cinematográficas de la revista Mirador”, explica Caparrós. “Tales cine–clubs fueron instrumentos políticos o tribuna ideológica de la Generación del 27 y del vanguardismo catalán”.

LA SEGUNDA REPÚBLICA

Por tanto, ya se estaban poniendo los pilares del cine del periodo 1931-1936. Una etapa en la que predominó el género costumbrista y de comedia, pero en el que también se observaron algunos ejemplos de documental con matiz político. “La Segunda República influyó enormemente en el desarrollo de la industria cinematográfica del país”, confirma Caparrós.

Sólo hay que acudir a los datos oficiales para comprobar dicha aseveración. En un territorio como España, en el que la población apenas alcanzaba los 24 millones de habitantes en 1931, existían más de 3.000 salas de proyección, 11 estudios de rodaje o más de 200 productoras. “Una situación que generó que el Séptimo Arte tuviera una presencia muy importante en la sociedad”, explicaba María Antonia Paz, catedrática de la Universidad Complutense. “El cine acabó siendo una manera más de entretenimiento. Sobre todo, en el ámbito urbano”.

Sin embargo, la renovación temática aún no había concluido completamente. Se mantenía el esquema del periodo anterior. “El costumbrismo, la sátira y el drama social, el folclore, la intriga, el racismo, la comicidad, el romanticismo…, dentro de un clima de sentido común, hicieron vibrar al público de los años 30”, explica Caparrós.

Es lo que el historiador Román Gubern definía como “hegemonía del cine de evasión”, en el que las comedias musicales y las zarzuelas filmadas desempeñaron un papel central.  “Los títulos comerciales españoles estuvieron dominados por la voluntad de no reflejar explícitamente las conmociones sociales, ni las reivindicaciones colectivas, ni los grandes debates públicos del periodo republicano”, denunciaba Román Gubern en El cine sonoro en la II República (1929–1936). En este sentido, destacaron las obras de Benito Perojo y Florián Rey, que dirigió Nobleza Baturra  en 1935.

No obstante, y a pesar de la situación relatada, también se establecieron los pilares de las proyecciones políticas. “Pese a que los largometrajes españoles no reflejaron explícitamente las condiciones sociopolíticas ni las vicisitudes concretas de las diversas etapas republicanas –ningún cine argumental del momento acostumbraba a hacerlo, incluido el de la escuela soviética–, implícitamente los filmes testimoniales del periodo fueron un retrato de los distintos estratos del país”, se explica en Historia del Cine Español.

“No hubo una propaganda política como tal. Las obras se aproximaban más a la actualidad”, añadía María Antonia Paz. “Había noticiarios cinematográficos, que daban informaciones breves. Y, además, se encontraban los documentales, que ampliaban un aspecto concreto de un tema”, complementaba catedrática. “Al cine, para ser rentable, le pasaba como a la televisión actualmente, que debía ser genérico. No podía mostrar una militancia concreta, ya que buscaba reunir al mayor número de espectadores posible”.

A pesar de ello, hubo obras que analizaron la historia y la realidad. El primer título eminentemente político apareció en 1931. Se trató de Fermín Galán, dirigido por Fernando Roldán. Este filme se constituyó como un homenaje al propio Galán, militar que participó en la sublevación republicana de Jaca de 1930. El estreno de la cinta –que se produjo con motivo del primer aniversario del referido pronunciamiento– generó un importante debate ciudadano. Sin embargo, llegó a tener una gran difusión internacional, llenando cines en Argentina, gracias a la promoción realizada por el gobierno de Madrid.

Otro de los trabajos que produjeron un importante impacto fue el documental testimonial Las Hurdes, Tierra sin pan, de Luis Buñuel (enlace 1). “Producido por el anarquista Ramón Acín, retrató cierto estatus hispano y reflejó con creces el abandono que la administración centralista seguía teniendo de esta zona del país”, describe Caparrós. Por ello, los sectores más acomodados de la sociedad la acogieron como “un insulto a la nación”, debido a la hipotética mala imagen que se ofrecía de España. “Esta película de Buñuel es un icono de todo lo que pudo ser el cine político patrio y que finalmente no fue, al quedar interrumpido por la Guerra Civil, en la que hubo otras necesidades, centradas en la propaganda partidista”, afirmaba María Antonia Paz.

Además, durante la Segunda República también hubo producciones políticas por parte de los sectores más conservadores. El estamento eclesial, por ejemplo, vio en el cine una posibilidad de propagar su mensaje. “Su manifestación más explícita se halló en el denominado «ciclo clerical»”, asegura Román Gubern. Una categoría en la que se han incluido trabajos de Florián Rey, Eusebio Fernández Ardavín, Jean Grémillon, Francisco Gargallo, José Buch y Francisco Camacho. “Para enjuiciar cabalmente este ciclo debe recordarse que, en un país en donde la Iglesia disfrutaba de un gran poder y de privilegios económicos y políticos, el advenimiento de la laica República supuso poner sobre el tapete una cuestión hondamente conflictiva”, contextualizaba Gubern.

¿TOTAL LIBERTAD?

De esta forma, los asuntos políticos se fueron abriendo paso en la cinematografía nacional. Las libertades establecidas por el nuevo sistema republicano fueron básicas en este sentido. De hecho, en el artículo 34 de la Constitución de 1931 se establecía la libertad de expresión en los siguientes términos: “Toda persona tiene derecho a emitir libremente sus ideas y opiniones, valiéndose de cualquier medio de difusión, sin sujetarse a la previa censura”.

Sin embargo, esta libertad, ¿era total? En la Carta Magna se establecía la prohibición de la persecución previa, pero, ¿qué pasaba con el control posterior? ¿Se podía retirar una película? “Con la llegada de la República fueron muchos los que pensaron que la censura desaparecería. Pero tal cosa no estaba en el ánimo de los diputados, como tampoco lo estaba en el resto de las democracias de aquel momento”, asegura el investigador Emeterio Díez en su libro Historia Social del Cine en España. “Los países occidentales asumían que debía haber censura. Nadie lo cuestionaba. Sólo se dudaba sobre el grado que debía tener la misma”.

“En aquellos años se creía que el cine contaba con muchísima influencia. La gente aceptaba y asumía todo lo que veía en la gran pantalla. Esto preocupaba a los gobernantes, por lo que se estableció un control de tipo político y, sobre todo, de tipo moral”, explicaba María Antonia Paz. “Aunque se había proclamado la Segunda República, la sociedad española seguía siendo muy tradicional”. A ello se debe añadir el temor al comunismo, que ya se había implantado en varios lugares de Europa. “Existía miedo a que se generase una revolución en nuestro país”, indica la catedrática. Por ello, se controlaron los mensajes.

Una inspección que perduró en la Guerra Civil y que se endureció hasta niveles estratosféricos durante los 40 años de dictadura franquista. “La desaparición del sistema censor se produjo, finalmente, en 1977. Desde entonces, una película sólo se puede prohibir en virtud de una resolución judicial”, añade Emeterio Díez. No obstante, en el régimen de 1931 existió un mayor liberalismo a la hora de tratar los temas. “Evidentemente, hubo una apertura durante la Segunda República. Se fue mucho más permisivo”.

EL CINE SONORO

Por tanto, los mensajes cinematográficos evolucionaron y se enriquecieron durante el sistema republicano. Un proceso que se vio reforzado gracias a un  acontecimiento que revolucionó el sector. Se trató de la introducción del sonido. Un avance técnico que apareció en Hollywood el 6 de octubre de 1927, y que provocó que muchas producciones norteamericanas habladas en castellano desembarcaran en España, copando el mercado. Ante esta situación, se celebró en octubre de 1931 el primer Congreso Hispanoamericano de Cinematografía.

“Entre las bases propuestas en esta cita se encontraron la protección de la industria cinematográfica; el establecimiento de impedimentos al incremento de la producción «sonora» en español realizada en estudios extranjeros; la obligación de que se exhibiera un porcentaje de películas nacionales cada temporada; o la creación de un cine cultural y educativo propio”, añade el historiador Caparrós.

De esta forma, se fueron dando pasos favorables a la cinematografía española. Los gobiernos de la Segunda República consiguieron crear las bases de la primera industria del cine nacional e, incluso, vencer en taquilla a las producciones estadounidenses. “El cambio sociopolítico iniciado en este periodo histórico infundió nuevas perspectivas para el logro de un sector genuinamente hispano, al tiempo que dio cierto espíritu de renovación y un nuevo ánimo creativo a nuestra cinematografía”.

Así se entiende –junto con otros elementos– que en la Segunda República existiera una época de oro en este ámbito. “Las producciones de nuestro país conectaron con su público”, añade Emeterio Díez. “Estábamos en un momento brillantísimo, pero llegó la Guerra Civil y todo desapareció”.

CUANDO SUENAN LOS TAMBORES DE GUERRA...

De hecho, la contienda bélica provocó una polarización de las proyecciones. Cada bando realizó las suyas. “Pronto, los gobiernos de las dos zonas tomaron conciencia de la enorme importancia de las imágenes fílmicas como medio de comunicación social y de influencia ideológica”, se confirma en Historia del Cine Español.

Eso sí, hubo una transformación del tipo de trabajos que se editaban. Los largometrajes se vieron reducidos, mientras que documentales y noticiarios se incrementaron, ya que “ofrecían mayores posibilidades de propaganda y más facilidades creadoras”.  Así, y según Caparrós, la España republicana impulsó un “cine proletario”, en cuya realización intervinieron sindicatos, partidos políticos y otros actores, como el ejército. De hecho, una de las organizaciones más activas fue la CNT, que llegó a impulsar una multiplicidad de títulos. “España fue el mayor productor de cine anarquista del mundo entre 1936 y 1939”, asegura Emeterio Díez.

Las tropas franquistas, a su vez, quisieron propagar su mensaje y evitar que calasen las ideas republicanas. Para ello, crearon diferentes instituciones, como el Departamento Nacional de Filmografía o la Junta Superior de Censura Cinematográfica. “Aún así, la producción cinematográfica de la zona nacional fue mucho menos abundante”, se subraya en Historia del Cine Español.

Y, mientras tanto, las potencias internacionales también intervinieron en el «enfrentamiento cinematográfico». Diferentes gobiernos extranjeros apoyaron a uno de los bandos, utilizando para ello el Séptimo Arte. La URSS, por ejemplo, envió más de una veintena de películas a la zona republicana, mientras que la Alemania de Hitler coprodujo trabajos de Benito Perojo y Florián Rey para los sublevados. Asimismo, el Istituto Nazionale Luce, de la Italia fascista, financió 14 documentales centrados en diferentes episodios de la conflagración hispana.

Otros países que impulsaron títulos sobre la Guerra Civil fueron Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Portugal o México, que dio importancia al tema de los refugiados. De hecho, tras la victoria franquista hubo un importante destierro de opositores, que afectó muy negativamente a la cultura española en general y al Séptimo Arte en particular. “Este exilio resultó especialmente grave al producirse en el seno de una industria cinematográfica endeble que en los años republicanos de la anteguerra comenzaba a apuntarse sus primeros éxitos artísticos y comerciales”, comenta Román Gubern en Cine español en el exilio (1936–1939).

Por tanto, la edad de oro que había supuesto la Segunda República en cuanto a desarrollo cinematográfico y variedad temática en la gran pantalla se paralizó tras el 1 de abril de 1939. Habría que esperar varias décadas para que esta forma de expresión cultural alcanzase el vigor que pudo haber tenido. Un claro y desgraciado ejemplo de lo que dijo el ateniense Tucídides en el siglo V a.C.:

«La historia es un incesante volver a empezar».

Por Julito Martínez.

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