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Crónicas del Caminar (VIII): Por el Campo de Montiel

Fue Gregorio Planchuelo, farmacéutico, catedrático e inspector de Enseñanzas Medias, quien por medio de su tesis doctoral vino a fijar definitivamente al Campo de Montiel como una peculiar comarca dentro de la gran región de la Mancha. Desde entonces, ciencia, geografía y literatura, parecen haber conciliado sus postulados aceptando sin ambages los definitivos límites manchegos tanto tiempo en cuestión

fotos: héctor campos.

fotos: héctor campos.

27.03.2016

Turismo en Castilla-La Mancha

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Y hacia esa altiplanicie del Campo de Montiel dirigimos nuestros pasos a través de las extensas llanuras que conforman la Mancha Baja de Ciudad Real, lugar donde barbechos, cereales y viñedos conforman un paisaje peculiar.

El camino decidimos realizarlo a través de la comarcal CR-3107, dirección Manzanares, lugar del que Héctor, nuestro admirado coautor, nos dice: «Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras, y más tarde, cuando La Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la Llanura Manchega».

Cuando hablamos del paisaje de la Mancha parece inevitable asociarlo a una llanura inacabable, seca, árida, monótona, sin grandes atractivos en su haber. Pero eso sólo ocurre ante ojos inexpertos que miran pero no ven: «¡Qué hermosa la tristeza reposada de ese mar petrificado y lleno de cielo!» —decía de ella Unamuno—. «Triste y solitario país, pero lleno de grandeza…» —escribía Galdós—. Porque bastará abrir los ojos con un poco de conocimiento científico e histórico para que todo cambie en derredor.

Y así, a tan sólo unos kilómetros del inicio del recorrido —Alcázar de San Juan—, atisbaremos poblados de colonización como Cinco Casas o Los Llanos, de los que muy pocos manchegos conocen su historia y significación. Motillas como la de los Romeros, aledaña a la carretera, y extensos campos de cultivos regados con las aguas de ese antiguo «mar subterráneo», más conocido como el Acuífero 23; siempre tan maltratado y vilipendiado, jamás bien gestionado para oprobio de gestores y gobernantes. Son tierras donde en época primaveral la vista se despereza para cambiar en mil colores: los marrones de los suelos, cepas y sarmientos, el verde de las siembras, los amarillos de los jaramagos, el rojo de las amapolas, los azules de borragináceas, los blancos de crucíferas… Y sobre todo ese cielo deslumbrante bajo el cual la Mancha forjó «pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por costumbres y edificios regios» —escribe Héctor.

Lamentablemente no podemos detenernos mucho en Manzanares porque como ya dijimos nos dirigimos hacia ese Campo de Montiel que Cervantes inmortalizara en su quijotesco episodio de la Cueva de Montesinos.

Desde Manzanares avanzamos hasta La Solana, lugar desde donde comenzamos a bordear el Campo de Montiel. Y sorprende ese paisaje diferente de monte bajo en el que aún perduran algunas manchas de sabinas, enebros, coscojas y chaparros como testigos mudos de una vegetación que fue domesticada —humanizada, dicen ahora— para facilitar este progreso agrario que sin lugar a dudas ha permitido el sustento y permanencia de la región. Aunque no obstante, ello no es óbice para que uno pueda sentir nostalgia de aquella «campiña bravía, salvaje […] de una fuerza, una hosquedad, una dureza y una autoridad indómita que nos hace pensar […] en los místicos, en las almas solitarias y alucinantes de otros tiempos» —como escribiera Azorín.

San Carlos del Valle es una sorpresa de enorme magnitud, pero también uno de esos lugares «adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas»—escribe Héctor, entre enfoque y toma de fotografía.

Nunca podré olvidar la impresión que San Carlos del Valle produjo en mi ánimo la primera vez que lo vi. Era una tarde brumosa y su plaza estaba solitaria y vacía; alrededor todo era arte e historia. Recuerdo que entonces me interesaba mucho la ciencia política —la política real siempre me ha interesado mucho menos—, y que tenía muy recientes algunos estudios justificativos —o al menos eso pretendían— de nuestra «española» razón de ser: la falta histórica tanto de revolución liberal y burguesa, como de revolución industrial y obrera, nos afianzaron en una especial resistencia ante aquellos nuevos valores compuestos de alfabetización, secularización, investigación, ciencia y filosofía; resistencia en suma a los valores democráticos que aún perduraría, y para verlo no hace falta más que mirar alrededor.

Y es que el peso de nuestra Contrarreforma, plasmado en siglos de historia y religión, abruma y estremece ¿Cómo resultaría posible conciliar esos valores —modernidad y tradición— sumidos en el seno de estas castellanas plazas manchegas?

«No son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reunía día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos de ocio y funcionales» —escribe Héctor.

San Carlos del Valle no es población que quede al paso de nada, pero es sitio hasta el que hay que allegarse. Y hacerlo además convencido. Porque de ese «Bien cultural» que habría de considerarse como «Patrimonio de la humanidad» resulta evidente la necesidad de cuidarlo y protegerlo. Y para ello no queda otra que valorarlo y por tanto conocerlo.

Pero sigamos nuestro camino por el altiplano de Montiel…

Villanueva de los Infantes sorprende hidalga entre las hidalgas, preñada de casonas señoriales, cruz de Santiago en los portones, luto y muerte para Don Francisco de Quevedo, inicio del camino apostolar: Villanueva es un lujo en el Campo de Montiel.

De la mano de la historia la villa incrementa su valor ¡Qué medio tan poderoso! Cada vez me convenzo más de que sólo desde la profunda explicación histórica se puede llegar a conocer el medio de que se trata: conocerlo y entenderlo, que son premisas básicas para llegarlo a amar.

Fue don Pelay Pérez, Gran Maestre de la Orden de Santiago, quien a la altura de 1240 la mandó poblar. Situada en la misma orilla del río Jabalón, el rey Fernando III, ante lo pantanoso e insalubre del lugar, aconsejó su traslado hasta el sitio de La Moraleja, a unos seiscientos metros de su emplazamiento actual, tomando este nombre la población. Mejoradas las condiciones sanitarias, la aldea creció llegando a ser de las más considerables del Campo de Montiel.

En 1350, Pedro I de Castilla ordenó que la aldea retornase a la Orden de Santiago, siendo emancipada por Don Enrique, infante de Aragón, en 1421, tomando el nombre actual de Villanueva de los Infantes. En 1573, habitando en ella más de cuarenta hidalgos, se convirtió en la capital del Campo de Montiel. Y fue así como surgieron estas casas solariegas, estas extraordinarias edificaciones civiles que nobleza e hidalgos mandaron construir: los Bustos, los Canuto, los Ballesteros… A ello pronto se añadió una intensa actividad intelectual aumentando el brillo de la población: Tomás de Villanueva, teólogo, obispo de Valencia, rector de la Universidad de Alcalá de Henares, fue su más insigne valedor.

Pero si la vida brilló en Villanueva, también lo hizo la muerte, pues aquí vendría a morir, animado por el prestigio y buen hacer del boticario del lugar, don Francisco de Quevedo y Villegas, el ilustre satírico que entregara su alma a Dios en el convento de Santo Domingo un aciago día fechado en 8 de septiembre de 1645, dando con su óbito más brillo a la población.

Y la verdad es que aún nos sobrecoge ascender desde el claustro mudéjar del convento hasta la celda donde el insigne escritor falleció: sencillez, austeridad, recogimiento y pesadumbre encierran estos muros, y mucha, mucha historia y evocación.

Pero hay que pasear por estas calles. Hay que pararse frente al pórtico del convento de la Encarnación, o frente a la casa del Caballero del Verde Gabán, con su hidalgo y verde patio interior, antes de llegar a la Plaza Mayor.

 

La plaza mayor de Villanueva de los Infantes es una joya cultural bordeada de edificios de corte renacentista y neoclásico. Destacan su Ayuntamiento y la parroquia de San Andrés, con el santo titular sobre el dintel y el escudo de los Austrias en el frontón. El Rectorado, el señorío, el empedrado y la monumentalidad asombrarán al visitante, tanto que al partir sólo podrá pensar que ha de volver, que ha de volver a este reducto de la historia en el Campo de Montiel.

Pero tenemos que ir acabando esta nueva entrega de «Crónicas del caminar» en la que tal vez hemos sobrepasado la prudente extensión para el gusto lector actual. Pero aun así no debe quedar en el aire esa pregunta que tanto me corroe en el convulso momento ¿Qué sentido tiene escribir crónicas como ésta en tiempos en los que sólo cunde la barbarie (tanto terrorista como humanitaria), la bajeza y la mezquindad política y social?

Fue Maquiavelo el que escribió que «Hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo debería vivirse, que quien deja de hacer lo que se hace por lo que debería hacerse, no hace otra cosa sino buscar su ruina».

Pues ahí tenemos la respuesta: ya que no somos capaces de dejar de hacer lo que hacemos, por lo menos escribiremos de aquellas cosas que quizá deberían hacerse, porque al final no debemos olvidar que el carácter y la cultura de los pueblos son la base que siempre primará sobre la momentánea calidad de sus instituciones.

Mariano Velasco (escritor, doctor en Ciencias Políticas y Sociología, y presidente de Asociación Ecologista para la Defensa del Acuífero 23 (AEDA 23), con fotografías y comentarios de Héctor Campos; periodista, escritor y fotógrafo.

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