16/07/2012 17:44h.
LAGO
Las apariencias no engañan
Nos habíamos citado en el bar de Mirna, la inglesa, a las once y cuarto de la noche. Ninguno de los dos hicimos nada por llegar tarde, ella vino con una blusa ajustada por el talle pero muy generosa en el escote y supe que esa noche tendríamos más que palabras, es más, las palabras estaban de más aquella noche en el bar de Mirna. Pronto me llevó a su apartamento y me detuve mirando por la ventana: había unos niños jugando, cosa que me extrañó porque ya eran cerca de las doce y yo tenía un vaso en la mano. Apareció de nuevo, esta vez con un pequeño camisón y unas braguitas rojas. Nuestro primer choque de trenes se produjo de pie, a un lado de la ventana, yo seguí escuchando el alboroto de los niños hasta que a partir de un momento no pude oír nada: estaba dentro de ella y ella se aferraba a mí empujando con una de sus rodillas detrás de mi espalda. Luego, entre risas y entre polvos, me comentó que practicaba varias artes orientales que le procuraban una gran elasticidad. Me lo estuvo demostrando casi toda la noche y luego, al verla dormida, supe que la flexibilidad también es buena para dormir sin rastro alguno de este mundo. Aunque nos depare a veces recuerdos para no olvidar, ni siquiera en sueños. Para no parecer un sentimental simulé un par de ronquidos y yo también me quedé profundamente dormido.
Lago




















