29/05/2012 18:22h.
VIOLLET-LE-ROY
Las cosas cambian
Me llamó el director del banco y me propuso un negocio extraordinario. En un par de días podía conseguir todo lo que había soñado hasta entonces y otras cosas que no habría podido imaginar: conseguir una hipoteca para pagar, en unos veinte años, una casa decente donde vivir sin que por ello dejara de alimentar a mis hijos. Me pellizqué varias veces allí mismo para estar segura de que estaba despierta. Y me desperté. En mi cama de siempre de mi casa de alquiler. Me levanté, fui a la cocina y preparé un batido en el que incluí: un kiwi, un plátano, dos hojas de espinaca, un puñado de hojas de berro, medio pepino, una pequeña remolacha, tres cubitos de hielo, un poco de agua y ese fue mi desayuno. Un cambio de alimentación, es lo que necesitaba; luego me fui a hacer ejercicio, estaba corriendo la maratón de Boston y un apuesto atleta me invitó a comer en su jet privado mientras viajábamos a New York. Me aburría. No podía soportar la vida del lujo y el despilfarro, mi ropa en mi vestidor, mis zapatos, ir de compras y gastar dos mil dólares en una mañana. Volví a España, a mi casa de alquiler: todo estaba intacto: la ropa amontonada en el armario, mis zapatos siempre gastados, mis dos balcones a la calle.
GG




















